Cada instante en el jardín de verano deja una huella. Alguien recoge fresas silvestres en una larga brizna de hierba, las abejas zumban sobre altas margaritas del campo, y en la gran mesa bajo el cerezo alguien ha derramado sin querer la compota — pintando recuerdos sobre el mantel blanco.
En ese jardín viven innumerables historias de tardes tranquilas y perezosas, de primeras citas, de bulliciosos encuentros con amigos o de acogedores fines de semana en familia. Todas distintas, pero unidas por un sentimiento común — la calidez de la estación que se imprime para siempre en nuestros recuerdos.